Había por casa una vieja guitarra que mi padre guardaba en una funda roja de cuadros. Mis dedos doloridos me distanciaban de ella tras cada intento baldío de acariciarla decentemente. No fue hasta pasados los 20 que conseguí tocar algunos acordes sin huir.
Absolutamente nada en mi relación con la guitarra habría ocurrido sin la inestimable ayuda de mi amigo Ismael Sánchez






