Domingo de marzo
No llegó la mitad del mes y el saldo de mi cuenta bancaria anda por la casa en calzoncillos rojos. Amanece el domingo con niños jugando que dan vida a mi vida y me acercan un poco a la muerte. Mi compañera habitando con resignación en el cansancio de la rutina doméstica, lo comparte codo a codo conmigo, seguimos caminando. Mientras ella abre alguna trinchera contra el polvo y recoge juguetes desperdigados, yo me dirijo con arrojo hacia una montaña de ropa por planchar y, al pensar en su escalada, me susurro al oído: “me río yo del Annapurna”. Desde la ventana veo el nuevo BMW de mi vecino empresario, hace unos días, otro de más abajo mostró orgulloso su Mercedes, éste no es más que un currante, pero cumplió su sueño, o eso dice. Pienso de nuevo en esa sensación de desubicación que me corroe tantas veces. Escucho como un amigo me dice que las grandes fortunas contribuyen a erradicar el hambre, y yo respondo que lo hacen con demagógicas donaciones provenientes del margen que les da el tributar a un 1%. Mientras, el saldo de mi cuenta sigue paseando por la casa en una provocativa ropa interior roja y yo tributando al veintitantos. Tengo una casa con jardín, frente al campo, mi sueño, o no, porque la carretera sin terminar que circula frente a su puerta, me aleja de la naturaleza y se dibuja como una frontera, otra más, aunque por ésta, de momento, no entra nada de lo que llaman ilegal, ni siquiera los restos de vida que intentan escapar del otro lado del planeta, allí donde se fabrica aquello que hace grande a la gran fortuna y cuya ligereza tributiva desemboca, paradójicamente, en eso que mi amigo opina ayuda y yo demagogia.
Tengo una guitarra que no tengo tiempo de tocar y mil canciones por escribir. Quisiera viajar más, pero el saldo de mi cuenta me mira y se ríe, no entiendo muy bien porqué.
Quizá lo hace porque sabe que tengo un trabajo que antes me gustaba y del que ahora soy prisionero. Tengo una hipoteca, aunque más baja que muchos alquileres. No hago trampas con la luz y dono más de un 5% de mi sueldo a las causas que considero justas, cada mes. Sueño con que mis vecinos hagan lo mismo. Sueño con que la gran fortuna, haga lo mismo.
Quizá el vapor de la plancha me impide ver las cosas con claridad. Voy a parar un poco para degustar con mi familia un exquisito y modesto plato de arroz bañado con una botella de vino de menos de dos euros, en el jardín de mi casa, aún sin pagar, en este domingo del mes de marzo, bajo un sol radiante que, por el momento, es gratis.
